Objetividad Histórica... Misión Imposible

En la vida cotidiana, el hombre mantiene contacto con los procesos naturales del mundo y con los procesos comunes en una sociedad. En cada individuo se llevan a cabo diariamente distintos procesos físicos que regulan el buen funcionamiento de su cuerpo, sin embargo no a cualquiera le resulta fácil escribir un tratado sobre funcionamientos nerviosos o circulatorios, contrario a esto, prácticamente cualquier persona puede tomar nota y promover una opinión a cerca de cuestiones de índole social, económicas, históricas, etc. Esto no quiere decir que lo que cualquier individuo diga sobre un tema específico, por ejemplo de historia, sea correcto y merezca formar parte del entramado de elementos que constituyen la memoria de un pueblo o nación.

El presente ensayo pretende analizar un elemento esencial, siempre presente al momento de escribir historia: la objetividad. Podemos empezar por plantearnos algunas preguntas sobre el tema: ¿Qué representa la objetividad dentro de la historia?, ¿Cuál es la importancia de la misma?, ¿Qué problemas surgen con ella dentro de la historia? y, ¿Puede ser objetiva la historia?

Por principio habrá que definir qué significa objetivo. El diccionario de la Real Academia Española nos da varias definiciones de ésta palabra, pero tomaremos únicamente sólo una de ellas ya que es la que se ajusta a nuestro tema: Desinteresado, desapasionado. Veremos que ésta definición tiene que ver directamente con un sentido ético; de ésta forma utilizamos la palabra como sinónimo de neutralidad o de imparcialidad.

Como sabemos, el objeto de estudio de la Historia es en cierta forma el sujeto; así también, sabemos que el individuo responsable de escribirla es el historiador, el cual, hablando de la objetividad, debiera ser el sujeto que se aleja de sí mismo para acercarse al objeto. La Historia requiere de una interacción entre sujeto y objeto que conduce a la interpretación, y esta entendida como la mirada propia y honesta de un sujeto frente a un objeto.

Respondiendo a la primera pregunta que nos hicimos, diremos que para la Historia, la objetividad representa una de las bases más sólidas que la hacen más firme y mejor estructurada logrando con ello que la conciencia colectiva de los pueblos y las naciones no sólo logre una mejor identidad sino también para que se cumpla uno de los objetivos principales de la Historia, el cual es servirnos de los conocimientos del pasado para poder entender nuestro presente.

Los conocimientos de Historia que el hombre promedio pudiera poseer, deberían servir de modo suficiente para tener un punto de vista –valga el tema– más serio y objetivo a cerca de los procesos sociales que se desarrollan alrededor del mismo al paso del tiempo en un lugar determinado.

Gran parte, o si no es que toda la responsabilidad de que el discurso histórico sea objetivo es del historiador, El autor “lima las asperezas mediante una distribución pareja de luces y sombras, la conciliación moralizante y la simulación de sus simpatías consigue fácilmente para su obra histórica la elevada reputación que deriva de la objetividad”[1]. Como nos enseñaría Carr, el historiador debe ser preciso al brindar datos. La necesidad de fijar estos datos no responde a ninguna cualidad particular de los hechos, sino a una decisión del historiador. Los hechos no hablan por sí mismos, lo hacen sólo cuando el historiador apela a ellos. Es el historiador quien decide que un hecho pertenece a la historia. Lo que existe, y que en todo caso queda destacada, es una decisión subjetiva. El historiador se encuentra a sí mismo frente a un pasado, y son sus decisiones las que lleven a ese pasado a “decir” algo acerca de sí.

Para responder a la segunda pregunta diremos que la objetividad es una de las características que, de acuerdo con la creencia común, tiene que estar presente en todo conocimiento que pretenda alcanzar los estándares de la jerarquía científica. El historiador tiene el compromiso ético de perfeccionar un ejerció, que aunque exige un gran esfuerzo intelectual y académico, se encuentra lejos de alcanzar los niveles de objetividad que hallamos en las ciencias naturales o en las exactas, por lo tanto, el tema de la importancia de la objetividad en la historia es indudable. Este debe ser el principal incentivo para la investigación histórica, acercarse lo más posible al rigor del método científico en aras de lograr resultados con la reputación y calidad necesarias en el mundo académico. Una obra histórica es científica cuando los hechos se combinan en un proceso total que, al igual que en la vida real, se desenvuelve según sus propias leyes internas.

Los problemas que surgen dentro de la Historia con respecto a la objetividad son muchos, y desde luego tienen que ver con la labor del historiador.

En las ciencias naturales y exactas existen modos uniformes de pensar, mismos que son admitidos en cualquier tiempo particular, de ahí surgen los argumentos y las conclusiones que esas ciencias pueden argumentar para reclamar la aceptación general del mundo científico, por ello la ciencia natural proporciona conocimiento objetivo en dicho sentido. La cuestión que ahora tenemos que afrontar es si se puede decir lo mismo de la historia.

La objetividad en la historia no puede ser exactamente de la misma naturaleza que la científica. Podríamos esperar que el ideal científico de imparcialidad se refleje en el pensamiento histórico, pero no todo es tan fácil.

La honestidad del historiador reside en distintas cuestiones pero de las cuales las más importantes son por un lado no caer en cuestiones políticas acomodaticias, y por el otro lado ser los suficientemente inteligente para permitirse en algún momento cambiar su punto de vista.

Cuando un tema de investigación como –por ejemplo– la revolución rusa, se concilia mal con el sentido común, la objetividad histórica dicta a priori conclusiones inmutables: la causa de la conmoción reside en que los conservadores fueron excesivamente conservadores y los revolucionarios excesivamente revolucionarios. No hay nada más fácil que “conciliar” todo este caos de luchas envenenadas según el método del justo medio; pero tampoco hay nada más estéril. El historiador debiera esforzarse por definir la verdadera fuerza relativa que tendrían todas las opiniones, consignas, promesas y reivindicaciones en el curso de la lucha social mediante la selección y el descarte críticos. Reducir lo individual a lo social, lo particular a lo general, lo subjetivo a lo objetivo. En esto reside precisamente el carácter científico de la historia.

Hay que recalcar aquí el papel tan importante que juega la filosofía de la historia. Carr decía parafraseando a Collingwood que “la filosofía de la historia no se ocupa ‘del pasado en sí’, ni de la opinión que de él en sí se forma el historiador’, sino ‘de ambas cosas relacionadas entre sí’”[2]. Ésta afirmación se contrapone radicalmente al nivel sacro asignado al hecho desde el punto de vista positivista, porque es justamente una “manera de pensar o de ver las cosas” lo que el positivismo no acepta, siempre cuestiona la visión objetiva de la Historia.

Carr advierte que “no puede deducirse, el hecho de que una montaña parezca cobrar formas distintas desde diferentes ángulos, que carece de forma objetiva o que tiene objetivamente infinitas formas. (No puede deducirse…) que todas las interpretaciones sean igualmente válidas y que en principio de los hechos de la Historia no sean susceptibles de interpretación objetiva”[3]

El historiador no tiene más remedio que elegir sobre que ha de contar, en qué términos y con qué palabras, ello representa una puerta abierta.

Es aquí donde respondemos a la cuarta y última pregunta: ¿Puede ser objetiva la Historia?

En general, en la actividad historiográfica se pretende apegarse lo más que se pueda a un método que tenga el suficiente reconocimiento y validez que aporte al discurso histórico, de lo contrario, dicho discurso pierde fuerza, aceptación y credibilidad en la historiografía.

Un historiador no debe de realizar una investigación con el propósito de lograr consenso con sus colegas, es muy normal, e incluso sano para la historiografía, el derecho a disentir o criticar, ello favorece a la propia historiografía, porque da la pauta para complementar un discurso con otra visión o un distinto enfoque.

A mi parecer, la objetividad representa algo asequible dentro de la Historia, sin embargo, pienso que a pesar de lo utópico que es alcanzar la objetividad al nivel de las otras ciencias, la historia puede alcanzar grandes niveles de profesionalismo y de credibilidad.

A pesar de que para muchos parezca una utopía, creo en la posibilidad de alcanzar una “conciencia general histórica”. No se puede negar también que la unanimidad está descartada dentro de la historiografía ya que, como dijera cierto estudiante de Historia español: “el uniforme no se hizo para los herederos de Heródoto, mas sí para los de Hipócrates”.

Mientras las interpretaciones de un historiador sean rechazadas por otro y no haya manera de conciliar sus resultados, la historia pierde su carácter de objetividad; si los lectores en pleno uso de su derecho de libertad de pensamiento, construyen su propia verdad histórica, la historia podría perder objetividad; si el historiador no se desprende de su nacionalidad, religión, formación académica, educación familiar, afinidad deportiva, sentimientos, etcétera, nunca podrá existir una objetividad.

Mi respuesta es contundente, no. La objetividad es una falacia dentro del discurso histórico, sin embargo, no se debe confundir esto con una descalificación a nuestro oficio de historiadores, no por ello pensemos que el discurso histórico está lleno de mentiras, puede estar lleno de verdades y aciertos, pero ello no es suficiente para alcanzar la objetividad en la Historia, por lo cual, sólo queda que el historiador haga lo mejor posible su labor, y el problema de la objetividad se lo dejará a los lectores, ya que ellos, y sólo ellos son libres de creer , interpretar y sesgar su propia objetividad histórica, misma que nunca existirá.



[1] ¿Qué es la objetividad histórica? The Militant, 15 de Julio de 1933. Traducido [al inglés] por Maz Eastman. Trotsky analiza el discurso de Stalin sobre Lenin en Stalin presenta testimonio contra Stalin (Escritos 1932)

[2] Carr, Edward H., ¿Qué es la historia?, Barcelona, Ariel, 2001, 243pp.

[3] Ibíd.

México, desde la Prehistoria hasta hace un ratito…

Desde siempre, el conocimiento histórico ha sido esencial para preservar la memoria del hombre. Revoluciones, guerras, conquistas, independencias, conspiraciones, dictaduras, imperios, monarquías, exterminios, desarrollo económico, inventos, ciencia… han estado presentes durante toda la historia del hombre.

Tener conciencia de todos estos sucesos no sólo es básico, sino elemental para el óptimo desarrollo del ser humano como parte de una sociedad como la nuestra. México, como país, como estado soberano, como república, no ha sido desafortunado en cuanto a riqueza histórica se refiere.

En México, la historiografía resulta un entramado único de testimonios que dan fe de la grandeza, majestuosidad, influencia y poderío no sólo de nuestro pasado remoto, sino también de épocas más recientes, tan recientes como los recuerdos de los que nacimos durante el siglo XX.

En épocas recientes, se hecho más necesario que nunca, la enseñanza eficiente de la Historia, tanto universal, como nacional. Desafortunadamente en nuestro país, el nivel académico de la educación básica y media superior se ha ido deteriorando en los años más recientes. Programas educativos y reformas a los mismos, que pretenden ser más innovadoras y vanguardistas y que tratan de acercar a la modernidad a nuestro país han sido dañinos para la preservación de nuestra memoria histórica y nuestra educación cívica y ética.

Es por eso que en tiempos tan difíciles como estos, obras como la Nueva Historia Mínima de México cumplen una función de difusión objetiva y ejemplar de la Historia de éste país, tan lleno de tradición, de cultura, de un pasado que a pesar de tener tan diversas caras, forma nuestra identidad y nuestra memoria como nación.

Editado por el Colegio de México e impreso por primera vez en 2004, cuenta ya con cuatro reimpresiones hasta la fecha, lo que nos da una idea de la esplendida riqueza cultural contenida en más de trescientas páginas de historia.

En una búsqueda de renovación, de mantener al día la información desprendida de la investigación histórica, que conforme avanza nos da nuevos conocimientos, se ha construido esta obra, redactada por siete grandes doctores de la Historia, pertenecientes a distintas instituciones de educación superior e institutos de investigación nacionales, continuando con la honorable labor que en 1973 Daniel Cosío Villegas –director del proyecto– al lado de otros cuatro grandes historiadores comenzaran al redactar la Historia Mínima de México.

La Nueva historia mínima de México, es un libro que nos acerca a nuestro pasado desde el México antiguo, pasando por la conquista, la época colonial, la independencia, la consolidación de la república, el porfiriato, la revolución, y la última parte del siglo XX, llegando hasta el año 2000.

Esta historia, es precisamente lo mínimo de conocimientos históricos que un mexicano promedio debería tener de su país. Es una historia clara, fácil de leer, completa, bien documentada y sobre todo, al alcance del bolsillo de cualquiera.

La Nueva Historia Mínima de México nos da un panorama muy amplio de lo que fue la vida de los recolectores y cazadores de lo que hoy conforma México incluyendo parte de Centroamérica y de los estados del sur de Estados Unidos, la cultura de los olmecas, el dominio teotihuacano, la hegemonía mexica, la conquista, tanto física como espiritual, las luchas por el poder virreinal, por los intereses privados, el desarrollo de la minería, el arraigo de la ganadería, las crisis, las epidemias, las reformas borbónicas, las conspiraciones, las batallas entre insurgentes y realistas, la independencia, su consumación, la consolidación de la república, el porfiriato, la revolución, el constitucionalismo, el carrancismo, el cardenismo, la crisis mundial, el crecimiento económico del siglo XX, los desajustes, la crisis, el cambio en el poder…

En términos generales, una obra completa, didáctica, accesible y de mucha utilidad. Un libro para leerse, releerse y releerse, no sólo para deleitarse, sino para guardarse en la memoria.